Sentimos nuestra conciencia como buena o mala, como inocencia y como culpa.

La Buena y la Mala Conciencia - Terapia Sistémica

Muchos creen que eso tiene algo que ver con el bien y el mal. Pero no es así. Tiene algo que ver con la realidad, con el vínculo con la familia y con la separación de ella. Cada uno sabe instintivamente qué debe hacer para formar parte de ella. Un niño sabe instintivamente qué debe hacer para formar parte de su familia. Si se comporta del modo que debe hacerlo, tiene buena conciencia. Una buena conciencia significa, por lo tanto: siento que tengo el derecho de formar parte.

Si un niño se desvía de ello, o si nosotros nos desviamos, tenemos miedo de perder pertenencia. Ese miedo lo sentimos como mala conciencia. Es decir, que una mala conciencia significa: tengo miedo de haber perdido mi derecho a la pertenencia.

Sentimos de modo diferente la buena y la mala conciencia en grupos diferentes. Incluso sentimos de modo diferente de persona a persona. Por eso, en concreto, tenemos con el padre otra conciencia que con la madre y en el trabajo otra conciencia que en casa. Es decir que la conciencia cambia constantemente, porque tenemos una percepción diferente de grupo a grupo y de persona a persona, pues de grupo a grupo y de persona a persona es otra cosa lo que debemos hacer o no hacer para formar parte.

Mediante la conciencia también distinguimos a los que forman parte de nosotros de los que no forman parte de nosotros. Al vincularnos de nuestra familia, la conciencia nos separa de otros grupos o personas y nos exige que nos separemos de ellos. Por eso, a causa de nuestra conciencia, a menudo tenemos sentimientos de rechazo e incluso hostiles frente a otras personas y grupos. Ese rechazo tiene que ver con la necesidad de pertenencia y poco, o nada absolutamente, con el bien y el mal.

O sea que ésta es una conciencia, la conciencia que sentimos. Con esta conciencia distinguimos entre el bien y el mal, pero siempre sólo con relación a un grupo determinado.

Fuente: Extraído del libro «Felicidad que permanece», de Bert Hellinger.