Varios pueden ser los motivos que llevan a que un hijo adolescente se vuelva difícil. Esta dificultad se expresa a través de síntomas como, mal comportamiento, dependencias a sustancias y al juego, desmotivación, apatía, marginación etc., la ventaja de estos síntomas es que traen información, son señales claras de que algo no va bien. Lograr descifrar esta información, da la oportunidad a que los padres puedan ayudarlo y puedan crecer como padres y como personas.

Los síntomas son señales que avisan de que algo no va bien, y lo más curioso y paradójico, es que, así como en sus formas se viven de modo destructivo, en su fondo sus funciones son reparadoras. Los síntomas vienen a “despertar” a que las cosas se muevan de cómo están: a unir lo que parece separarse, a incluir lo excluido y a mantener vivo lo que no quiere vivir.

Uno de los motivos principales de los conflictos en casa, tiene que ver con la falta de comunicación íntima, que se encarga de encontrar lo que está vivo en cada uno de nosotros, lo que sentimos y necesitamos para poder pedirlo. Esta es la puerta de entrada a que un chico o chica que no puede satisfacer sus necesidades más internas, sienta malestar y enfado, y lo manifieste a través de actitudes y comportamientos dañinos. Esta comunicación empieza por los padres.

Pero ¿Qué vuelve difícil a un hijo?

La falta de reconocimiento por quién es. No por lo que se espera que sea o hace. Esto significa también reconocer lo que tiene del otro progenitor, más allá del estado de los padres como pareja. Es un reconocimiento real donde los padres lo ven tal cual es, al completo. Por eso cuando se hace difícil su comportamiento, lo primero que ayudaría es que los padres lo mirasen con detenimiento y se interesaran por lo que le pasa y lo que puede estar necesitando. Y también ayudaría a que los padres puedan invertir el orden de asistencia, y en vez de cargar con todo el peso al hijo para que encuentre la solución a lo que le ocurre, formen ellos parte de la solución, ya que posiblemente son parte del problema.

Muchos padres se sorprenderían de saber que detrás de algunos de los síntomas que muestran sus hijos tienen su origen, en la mayoría de los casos, en hacerse cargo de muchas dinámicas que no les corresponde. Si hay algo que los hijos difíciles hacen, es implicarse en lo que no les toca, como un acto de “generosidad”, que acarrea muchos problemas en sus vidas y a los que están a su lado. Por eso para poderlos acompañar y ayudar de la mejor manera posible, hay que comenzar por que los padres reconozcan que el hijo trae la alarma, pero el problema los incluye a todos.

Los hijos conflictivos, en ocasiones, asustan a los padres, y los conectan con sus propios miedos, algunos de estos miedos son conscientes y otros son inconscientes. Así que la primera respuesta de los padres, con la mejor intención es “pedirle al hijo que se solucione para apaciguar sus temores”. De ahí la importancia de que los padres puedan mirar más allá de las formas y puedan descubrir el fondo de la información que su hijo les está trayendo, haciendo un trabajo terapéutico para que puedan mirarse y poder acompañar al hijo de manera más eficaz. Como Bert Hellinger dice “No hay que mirar al niño, sino donde mira el niño”, (lo traslado también al adolescente).

Uno de los temores disfrazados de enfado, que sienten los padres y que les hacen dar tumbos buscando soluciones rápidas, es el que “obliga” a revisar sus propias vidas, a mirar cómo están y en qué están. Es fácil intentar evitar mirarse, y licito no hacerlo, pero tanto si se hace como si no, se paga un precio.

Por eso, cuando los padres quieren que el chico arregle “su síntoma”, y viven con rabia, angustia e impotencia que nada de lo que proponen le va bien, les invito a que sean ellos los que empiecen a examinar sus vidas y también cómo está viviéndose el vínculo de padres.

En el trabajo con adolescentes una de las cosas que constato continuamente, es la importancia que los más jóvenes les dan a los vínculos afectivos. Unos vínculos y relaciones que necesitan ser cuidados, pero que en ocasiones se abandonan por otras obligaciones. Y los padres son los primeros que tienen que enseñar a cuidarlos.

Cuando los padres deciden hacer el trabajo, empieza un camino de crecimiento y transformación en beneficio de todos.

Algunas de las preguntas que pueden ayudar a comenzar este camino son:

¿Le pido a mi hijo algo que no le corresponde a él darme? ¿le exijo aquello que yo he solucionado? ¿Cuándo le pido, desde dónde lo hago, como madre o padre, cómo hijo o como pareja? ¿Cuándo lo miro, estoy mirando a su otro progenitor, que no me gusta o no respeto? ¿Tengo mi espacio personal ordenado? (la relación con mis padres, mi vocación, mi profesión, pareja, mi propio cuidado).

Una de las cosas que advierto en terapia, es que cuando los padres se dan la oportunidad de revisar sus vidas, y van ordenando sus espacios, los hijos se aligeran de muchas cargas que no les pertenecen, porque a medida que los padres se ordenan, adquieren fuerza y autoridad, y los temores hacia sus hijos se apaciguan, entendiendo que, si ellos le han dado la vida, la vida tiene un plan para ellos, y la disponibilidad es más efectiva y ligera que la preocupación. Se dan la oportunidad de reconocer a su hijo tal cuál es, y le dan la oportunidad a él a que pueda desarrollarse de manera más sana.

La experiencia me dice que los hijos difíciles vienen con una oportunidad debajo del brazo” una gran oportunidad para el crecimiento de los padres. Los hijos lo hacen ¿Por qué no lo van hacer ellos?

A los hijos se les da la vida y el cometido de los padres es cuidar de ella. Nos podemos pelear con la misma vida, e intentar querer que las cosas sean diferentes, y que los hijos sean de otra manera, pero cuando nos resistimos a la realidad abonamos el campo para la desolación, donde entre otras cosas, crece el victimismo, impidiendo cualquier acción efectiva, la culpa y la vergüenza. Estas dos últimas sentidas sobre todo por los hijos, ante la sensación de “no ser correctos”, aumentando su falta de auto valoración, creciendo sus temores y dificultándoles más la vida.

Si deseamos que los hijos tengan una vida plena, empecemos por ocuparnos de nosotros, mirando y cuidando nuestros vínculos afectivos y el de padres, así podremos enseñarles el camino que les lleve a crecer y tomar su vida. Y llegará el día que puedan expresar:

Soy feliz cuando os podéis Ver” (Significa, que tú ( padre o madre), como hijo tienes incluidos a tus padres y que como padre o madre tienes incluido a su otro progenitor en tu corazón). Cuando eso ocurre entonces pueda continuar diciendo: “Soy feliz cuando me podéis Ver” porque entiende que cuando en el corazón de sus padres están incluidos todos,  le están diciendo: “Me complazco tal como eres”.